marcel proust

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La confesión de una Joven

 Por fin la liberación se acerca. He sido, desde luego, torpe, he disparado mal, he fallado. Más habría valido, desde luego, morir del primer tiro, pero al final no han conseguido extraer la bala y han empezado los fallos del corazón. Ya no puede ser muy largo. ¡Y sin embargo ocho días! ¡Esto aun puede durar ocho días! En lo que no podré hacer otra cosa que esforzarme por buscar un sentido al horrible encadenamiento de los hechos. Si no estuviese tan débil, si tuviese voluntad suficiente para levantarme, para partir, querría morir a Les Oublis, en el parque  donde pase todos mis veranos hasta los quince años. Ningún sitio esta más lleno de mi madre, por que su presencia, y más todavía su ausencia, lo impregnaron con su persona. Para quien ama, ¿no es la ausencia la más segura, más eficaz, mas vivida, la más indestructible, más fiel de las presencias?  

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valdemar y marcel proust

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 Mi madre me llevaba a Les Oublis, a finales de abril, se marchaba a cabo de dos días, pasaba dos días más a medidos de mayo, y luego volvía a buscarme la última semana de junio. Sus venidas tan breves, eran la cosa  mas dulce y lo mas cruel.

Durante esos días me prodigaba caricias que, para endurecerme y aplacar mi sensibilidad enfermiza, dolía ser muy avara. Las dos noches que pasaba en Les Oublis, venia a darme las buenas noches a la cama, vieja costumbre que ella había perdido por que me causaba demasiado placer y demasiada pena, y ya no me dormía a fuerza de llamarla  para que me diese una vez mas  las buenas noches, sin atreverme al final, sintiendo cada vez mas esa necesidad apasionada de hacerlo, inventando siempre nuevos pretextos: mi almohada ardiente a la que había que darle la vuelta, mis pies helados que solo ella podría calentar entre sus manos… tantos dulces momentos eran aun mas dulces todavía por sentir que, en ellos, mi madre era verdaderamente ella misma, y que debía de costarle mucho su frialdad habitual. El día que se marchaba, día de desesperación en que me agarraba a su falda hasta el vagón del tren suplicándole, suplicándole que me llevase a Paris con ella, yo discernía con toda claridad lo sincero en medio de lo fingido, su tristeza que se abría paso bajo sus reproches joviales y molestos por mi tristeza “tonta, ridícula” que ella quería enseñarme a dominar, pero que compartía. Aun vuelo a sentir la emoción de uno de esos  días de partida (exactamente esa emoción intacta, no alterada por la dolorosa añoranza de hoy), de uno de esos días de partida en que hice el dulce descubrimiento de si cariño, tan parecido y tan superior al mió. Como todos los descubrimientos, había sido presentido, adivinado, pero ¡parecen contradecirlos tantas veces los hechos! Mis impresiones mas dulces son las de los años en que ella volvió a Les Oublis, llamada porque yo estaba enferma. No solo me hacia una visita mas con la que yo no había contado, sino que, sobre todo, toda ella era entonces mas que dulzura y cariño derramándose libremente sin disimulo ni coacción. Incluso en esa época en que aun no estaban endulzados, enternecidos por la idea de que un día habrían de faltarme, esa dulzura y ese cariño suponían tanto para mi que siempre me resultó mortalmente triste el encanto de las convalecencias se acercaba el día en el que estaría lo bastante para que mi madre pudiera irse, pero hasta entonces no estaba que mi madre pudiera irse, pero hasta entonces no estaba lo bastante enferma para que ella no volviese a la severidad, a la justicia sin indulgencia de antes.

Un día, los tíos en cuya casa yo vivía en Les Oublis, me habían ocultado que mi madre iba a llegar, porque había venido un primito a pasar unas horas conmigo y la angustia gozosa de esa espera me habría impedido suficientemente de él. Quizá fue ese secretillo las primeras circunstancias independientes de mi voluntad que fueron cómplices de todas las disposiciones para el mal que, todos los niños de mi edad, y no más que ellos entonces, llevaba en mí. Aquel primito que tenia quince años – yo tenia catorce- era ya muy vicioso y me enseño cosas que enseguida me hicieron estremece de remordimiento y de placer. Escuchándole, dejando que sus manos acariciasen las mías, saboreaba yo una alegría envenenada en su manantial mismo; pronto reuní la fuerza necesaria para dejarle y escapé al parque con una necesidad loca de mi madre, que, como por desgracia sabia, estaba en Paris, llamándola sin querer por todas las alamedas. De improviso,  al pasar delante de un cenador, la vi. En un banco, sonriendo y abriéndome los brazos. Se levanto el velo para besarme, y yo me precipité contra sus mejillas deshecha en lagrimas; llore largo rato contándole todas esas vilezas que solo la ignorancia de mi edad podía decirle y que ella supo escuchar divinamente, sin entenderlas, quitándole importancia con una bondad que aliviaba el peso de mi conciencia. Aquel peso se aliviaba, se aliviaba; mi alma abrumada, humillada, subía cada mes más ligera y poderosa, rebosaba, yo era toda alma. De mi madre y mi inocencia recuperada emanaba una dulzura divina. No tarde en sentir bajo mi nariz un perfume purísimo y fresco. Era un lilo: una de sus ramas oculta por la sombrilla de mi madre ya estaba florecida, e invisible aroma el aire. En las copas de los árboles cantaban los pájaros con todas sus fuerzas. Mas arriba, entre las cimas verdes, el cielo era de un azul tan profundo que no parecía sino la entrada de un cielo al que yo podría ascender infinitamente. Bese a mi madre. Nunca he vuelto a sentir la dulzura de aquel beso. Se marcho al día siguiente, y esa partida fue más cruel que cuantas la habían precedido. Junto con la alegría, me parecía que eran, ahora que había pecado una vez, la fuerza y el apoyo necesario los que me abandonaban.

Todas estas separaciones me enseñaban, a pesar mío, lo que seria irreparable que un día habría de llegar, aunque esa época nunca considere seriamente la posibilidad de sobrevivir a mi madre. Estaba decidida a matarme al minuto siguiente de su muerte. Mas tarde, la ausencia trajo otras enseñanzas más amargas todavía, que uno se habitúa a la ausencia, que la mayor mengua de uno mismo, el más humillante sufrimiento es sentir que ya no se sufre. Por otro lado, esas enseñanzas habían de ser luego desmentidas. Ahora vuelvo a pensar sobre todo en el jardincillo donde por la mañana desayunaba con mi madre y donde había innumerables pensamientos. Siempre me habían parecido algo tristes, graves como emblemas, pero dulces y aterciopelados, con frecuencia malvas, a veces violeta, casi negros, con graciosas y misteriosas imágenes amarillas, algunos todos blancos y de inocencia frágil. Recojo en mi recuerdo todos esos pensamientos: su tristeza ha aumentado al haber sido comprendidos, la suavidad de su terciopelo ha desaparecido para siempre.  

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27 mayo, 2008. Uncategorized.

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